Desde el hotel donde anoche Michelle Bachelet celebró su victoria hasta el palacio de La Moneda hay apenas unos pasos. La presidenta electa no hizo ayer ese recorrido; deberá esperar hasta el 11 de marzo para regresar por la puerta grande al despacho que ocupó hasta hace cuatro años. Es la primera vez desde la restauración democrática en 1990 que un gobernante repite presidencia, teniendo en cuenta que constitucionalmente los mandatos no pueden ser consecutivos.
Al frente de la Nueva Mayoría progresista –coalición que suma a los comunistas a la antigua Concertación– Bachelet sacó poco más del 62% de los votos, frente a casi el 38% de la candidata de la Alianza derechista, la exministra de Trabajo, Evelyn Matthei.
En la primera vuelta del 17 de noviembre, Matthei logró el 25% de los votos, frente al 46% de Bachelet.
Varios miles de simpatizantes se congregaron con banderas chilenas frente al hotel de la ganadora, en plena Alameda santiaguina, mientras por toda la capital sonaban los cláxones de los coches. “¡Cuántos sueños despiertan a esta hora!”, exclamó Bachelet nada más subir al escenario y antes de abrazarse a su madre y recordar a su padre.
“Es momento de iniciar transformaciones de fondo”, continuó, reiterando que cumplirá sus promesas. Bachelet desgranó las reivindicadas reformas. “El lucro no puede ser el motor de la educación, porque la educación no es una mercancía”, indicó. La mandataria electa rompió la ambigüedad de la campaña y se declaró a favor de “una nueva constitución nacida en democracia” en lugar de reformar la actual, digitada por Pinochet en 1980.
Los chilenos han optado por el talante moderado de la exmandataria para acometer las reformas reivindicadas en la calle. Pese a la abultada abstención (58,5%), el resultado indica que una mayoría confía en que Bachelet cumpla su promesa de realizar tres grandes reformas (constitucional, tributaria y educativa), además de cambios en la legislación laboral, y liquide el sistema neoliberal ideado por Pinochet y preservado por un pacto entre Concertación y Alianza. “No va a ser fácil, pero cuándo ha sido fácil cambiar el mundo”, exclamó Bachelet anoche.
Matthei, al borde del llanto, reconoció la derrota rápidamente y luego se desplazó al hotel de Bachelet para felicitarla personalmente en su habitación, con transmisión televisiva en directo. Por su parte, Piñera también cumplió con la tradición y, ante las cámaras, telefoneó a la ganadora en su condición de presidente. Desde la dictadura, la derecha sólo habrá podido gobernar los cuatro años de Piñera y ahora abrirá un debate interno para afrontar una renovación generacional que le permita definitivamente despegarse de su imagen pinochetista. Ayer, el padre de la candidata conservadora, el general retirado Fernando Matthei –exmiembro de la Junta Militar–, denunció que la Alianza gobernante había dejado “enteramente sola” a su hija.
Ante unos comicios muy poco emocionantes, el tema de la jornada electoral fue el descenso de la participación (41,5%) respecto a la primera vuelta (49,35%). Políticos que siempre defendieron el voto voluntario mostraron su preocupación y la misma Bachelet se refirió anoche la elevada abstención (58,5%). “Debemos hacer que esos chilenos y chilenas vuelvan a creer”, manifestó durante su discurso en la Alameda.
La desmovilización era previsible porque el resultado estaba cantado. Las imágenes de las cadenas de televisión mostraron durante todo el día la poca gente que comparecía en los centros de votación, en contraste con las largas colas que se vieron hace un mes.
Hasta el año pasado, cuando fue modificado por el presidente Piñera tras llegar a un consenso entre todos los partidos, el sufragio en Chile era obligatorio siempre que el ciudadano se inscribiera en el censo electoral, de manera voluntaria. Una vez anotado, ya no era posible darse de baja.
Durante sus dos décadas en el poder, la Concertación siempre defendió el cambio de la legislación para que el voto fuera voluntario y la inscripción en el padrón automática para los mayores de 18 años. Sin embargo, la derecha bloqueaba parlamentariamente cualquier reforma con la creencia de que la entrada masiva de jóvenes en el censo les perjudicaría ya que, supuestamente, la juventud es de izquierda. A la hora de la verdad, y pese a las concurridas movilizaciones estudiantiles, el colectivo de menor edad ha resultado ser uno de los más abstencionistas.
Dos expresidentes, al acudir ayer al colegio electoral, se manifestaron a favor de dar marcha atrás. El socialista Ricardo Lagos (2000-2006) declaró que ahora cree que es “fundamental que el voto sea obligatorio” y que cuando un ciudadano no se sienta representado siempre cabe la posibilidad de votar en blanco. “Cuando fui presidente hablé de voto voluntario, luego lo pensé y dije ‘esto es un error’; y creo que está demostrado”, añadió.
También el expresidente democristiano Patricio Aylwin expresó su temor de que la voluntariedad “conduzca hacia que mucha gente no se comprometa con el país”.
Por su parte, el exministro y actual senador socialista Ricardo Lagos Weber –hijo del exmandatario y una de las figuras ascendentes del centroizquierda– abogó por mantener el sufragio voluntario pero añadiendo incentivos como, por ejemplo, que el estado pague los gastos de desplazamiento a los electores que lo requieran. Lagos Weber indicó que es necesario “buscar los estímulos para que la gente concurra a votar”.
Además de reabrir el debate sobre la obligatoriedad de acudir a las urnas, estos comicios también han servido para evidenciar la imposibilidad de que los chilenos sufraguen desde el extranjero, otra de las reivindicaciones históricas del centroizquierda. Por ello, varios colectivos de chilenos en el exterior organizaron ayer votaciones simbólicas.
Al frente de la Nueva Mayoría progresista –coalición que suma a los comunistas a la antigua Concertación– Bachelet sacó poco más del 62% de los votos, frente a casi el 38% de la candidata de la Alianza derechista, la exministra de Trabajo, Evelyn Matthei.
En la primera vuelta del 17 de noviembre, Matthei logró el 25% de los votos, frente al 46% de Bachelet.
Varios miles de simpatizantes se congregaron con banderas chilenas frente al hotel de la ganadora, en plena Alameda santiaguina, mientras por toda la capital sonaban los cláxones de los coches. “¡Cuántos sueños despiertan a esta hora!”, exclamó Bachelet nada más subir al escenario y antes de abrazarse a su madre y recordar a su padre.
“Es momento de iniciar transformaciones de fondo”, continuó, reiterando que cumplirá sus promesas. Bachelet desgranó las reivindicadas reformas. “El lucro no puede ser el motor de la educación, porque la educación no es una mercancía”, indicó. La mandataria electa rompió la ambigüedad de la campaña y se declaró a favor de “una nueva constitución nacida en democracia” en lugar de reformar la actual, digitada por Pinochet en 1980.
Los chilenos han optado por el talante moderado de la exmandataria para acometer las reformas reivindicadas en la calle. Pese a la abultada abstención (58,5%), el resultado indica que una mayoría confía en que Bachelet cumpla su promesa de realizar tres grandes reformas (constitucional, tributaria y educativa), además de cambios en la legislación laboral, y liquide el sistema neoliberal ideado por Pinochet y preservado por un pacto entre Concertación y Alianza. “No va a ser fácil, pero cuándo ha sido fácil cambiar el mundo”, exclamó Bachelet anoche.
Matthei, al borde del llanto, reconoció la derrota rápidamente y luego se desplazó al hotel de Bachelet para felicitarla personalmente en su habitación, con transmisión televisiva en directo. Por su parte, Piñera también cumplió con la tradición y, ante las cámaras, telefoneó a la ganadora en su condición de presidente. Desde la dictadura, la derecha sólo habrá podido gobernar los cuatro años de Piñera y ahora abrirá un debate interno para afrontar una renovación generacional que le permita definitivamente despegarse de su imagen pinochetista. Ayer, el padre de la candidata conservadora, el general retirado Fernando Matthei –exmiembro de la Junta Militar–, denunció que la Alianza gobernante había dejado “enteramente sola” a su hija.
Ante unos comicios muy poco emocionantes, el tema de la jornada electoral fue el descenso de la participación (41,5%) respecto a la primera vuelta (49,35%). Políticos que siempre defendieron el voto voluntario mostraron su preocupación y la misma Bachelet se refirió anoche la elevada abstención (58,5%). “Debemos hacer que esos chilenos y chilenas vuelvan a creer”, manifestó durante su discurso en la Alameda.
La desmovilización era previsible porque el resultado estaba cantado. Las imágenes de las cadenas de televisión mostraron durante todo el día la poca gente que comparecía en los centros de votación, en contraste con las largas colas que se vieron hace un mes.
Hasta el año pasado, cuando fue modificado por el presidente Piñera tras llegar a un consenso entre todos los partidos, el sufragio en Chile era obligatorio siempre que el ciudadano se inscribiera en el censo electoral, de manera voluntaria. Una vez anotado, ya no era posible darse de baja.
Durante sus dos décadas en el poder, la Concertación siempre defendió el cambio de la legislación para que el voto fuera voluntario y la inscripción en el padrón automática para los mayores de 18 años. Sin embargo, la derecha bloqueaba parlamentariamente cualquier reforma con la creencia de que la entrada masiva de jóvenes en el censo les perjudicaría ya que, supuestamente, la juventud es de izquierda. A la hora de la verdad, y pese a las concurridas movilizaciones estudiantiles, el colectivo de menor edad ha resultado ser uno de los más abstencionistas.
Dos expresidentes, al acudir ayer al colegio electoral, se manifestaron a favor de dar marcha atrás. El socialista Ricardo Lagos (2000-2006) declaró que ahora cree que es “fundamental que el voto sea obligatorio” y que cuando un ciudadano no se sienta representado siempre cabe la posibilidad de votar en blanco. “Cuando fui presidente hablé de voto voluntario, luego lo pensé y dije ‘esto es un error’; y creo que está demostrado”, añadió.
También el expresidente democristiano Patricio Aylwin expresó su temor de que la voluntariedad “conduzca hacia que mucha gente no se comprometa con el país”.
Por su parte, el exministro y actual senador socialista Ricardo Lagos Weber –hijo del exmandatario y una de las figuras ascendentes del centroizquierda– abogó por mantener el sufragio voluntario pero añadiendo incentivos como, por ejemplo, que el estado pague los gastos de desplazamiento a los electores que lo requieran. Lagos Weber indicó que es necesario “buscar los estímulos para que la gente concurra a votar”.
Además de reabrir el debate sobre la obligatoriedad de acudir a las urnas, estos comicios también han servido para evidenciar la imposibilidad de que los chilenos sufraguen desde el extranjero, otra de las reivindicaciones históricas del centroizquierda. Por ello, varios colectivos de chilenos en el exterior organizaron ayer votaciones simbólicas.
Fuente: La Vanguardia
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