La firma del presidente checo abre la vía para que el Tratado de Lisboa entre en vigor el próximo 1 de diciembre
Los Veintisiete cierran un lustro de complicadas negociaciones, europesimismo y parón institucional
Bruselas es una ciudad mucho menos aburrida de lo que parece, pero en días como ayer esa extendida fama de urbe gris y funcionarial no se tiene en pie. Y eso que la capital de la UE amaneció sumida en un antipático día invernal de frío y lluvia, el primer martes del temido noviembre, el mes que más odian los eurofuncionarios porque da inicio a esa larga temporada de anocheceres tempranos en los que se sumergen sus vidas tras el cambio de hora.
Quizá por eso, porque todo estaba oscuro, triste y feo, la noticia entusiasmó mucho más: a las tres de la tarde, cuando en los despachos se empieza a mirar el reloj para calcular cuántas horas quedan de luz diurna, el presidente checo, Vaclav Klaus, anunciaba en directo en la televisión de su país que acababa de firmar el Tratado de Lisboa.
¿Increíble? Algunos se frotaron los ojos, porque después de tantos años parecía imposible que el momento hubiera llegado así, de sopetón, como si nada. Pero llegó. La Unión Europea ya dispone de la herramienta legal que le hace falta para poner en marcha su nuevo modelo institucional, que le permitirá funcionar de manera mucho más dinámica, solidaria y eficaz. Desde hace cinco años se movía como un elefante, porque sus normas estaban pensadas para un club de quince, y no de veintisiete socios. Ahora, dicen los eurócratas, empiezan otra vez los buenos tiempos del europeísmo.
Condiciones
La semana pasada, los líderes de la Unión aceptaron las últimas condiciones de la República Checa. Y por la mañana, en Praga, el Tribunal Constitucional checo tumbó el último recurso contra el Tratado de un grupo de senadores afines a Klaus. Nadie, sin embargo, esperaba que el recalcitrante presidente tardara tan poco en coger la pluma para estampar su firma en el texto, esas 480 páginas, herederas de la fracasada Constitución y corregidas para satisfacer primero las exigencias de Francia y los Países Bajos, y luego de Irlanda, el Reino Unido, Polonia, la República Checa... «Contaba con esta decisión de la Corte Constitucional y la respeto, aunque la desapruebo», dijo Klaus, quien no dudó en ponerle un punto trágico a su intervención: «Con la entrada en vigor del Tratado, la República Checa deja de ser un Estado soberano».
Eso no pasará hasta el 1 de diciembre, pues el propio documento prevé su puesta en marcha el primer día del mes siguiente a la recepción en Bruselas del último instrumento nacional de ratificación (la firma de Klaus).
A partir de entonces, la UE podrá empezar a buscar formalmente presidente y ministro de Exteriores; nombrar a sus nuevos comisarios; poner en marcha su diplomacia; decidir por mayoría cualificada en muchos asuntos que hasta ahora exigían unanimidad, o someter al dictamen del Parlamento buena parte de las decisiones sobre las que la única institución elegida directamente por los ciudadanos solo podía dar su opinión no vinculante. En Bruselas llovía ayer a mares, pero muchos eurofuncionarios salieron de trabajar con una sonrisa en la cara. Hacía años que no veían tanta luz en pleno noviembre.
Fuente: La voz de Galicia
http://www.lavozdegalicia.es/mundo/2009/11/04/0003_8082823.htm
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